Adiós a las etiquetas A+++: así funciona la nueva escala energética de la UE
La Unión Europea ha vuelto a la escala simple de la A a la G en los electrodomésticos. Un aparato que antes era A+++ hoy puede figurar como B o C sin haber cambiado nada.

Si has ido a comprar un frigorífico o una lavadora en los últimos meses, es probable que te hayas encontrado con algo raro: han desaparecido las clases A+, A++ y A+++ que llevaban años presidiendo las etiquetas energéticas. En su lugar, una escala limpia de la A a la G. El cambio, recogido por Omicrono, no significa que los electrodomésticos consuman más, sino que el listón para presumir de eficiencia se ha subido de golpe.
Por qué se ha reescalado la etiqueta
La escala anterior nació cuando nadie imaginaba que se pudiera fabricar algo mejor que un aparato de clase A. Con los años, los fabricantes fueron superando ese techo y la única solución que quedó fue ir añadiendo símbolos «+» encima de la letra. El resultado era una etiqueta confusa: había que contar cruces para saber si un modelo era mejor que otro, y no quedaba claro dónde estaba el límite superior.
La reforma se apoya en el Reglamento (UE) 2023/2533 y devuelve a la A su papel original: la clase más eficiente y la más recomendable si tu objetivo es reducir la factura de la luz. La contrapartida es que también es la más difícil de encontrar en las tiendas.
Lo que antes era A+++ ahora puede ser B o C
Aquí está la parte que más despista al comprador. Con el reescalado, un electrodoméstico que hasta hace poco lucía una etiqueta A+++ pasa a clasificarse como B o incluso C. No ha empeorado: simplemente se le mide con una vara distinta. Del mismo modo, un aparato que antes tenía una discreta B se desploma hacia las últimas letras de la escala, lo que refleja que hoy es una mala compra comparado con lo que hay en el mercado.
La lectura práctica es sencilla: no compares la letra de un producto nuevo con la que recuerdas de tu electrodoméstico antiguo, porque no hablan el mismo idioma. Y no descartes automáticamente una C, porque en la nueva escala puede corresponder a un modelo perfectamente competente.
El otro motivo por el que las letras «empeoran» es que ha cambiado la forma de calcular el consumo. En las lavadoras, por ejemplo, la clasificación se basa ahora en un índice de eficiencia energética que tiene en cuenta el consumo anual y el de cada programa, tomando como referencia 100 ciclos de lavado. Es una medida más cercana al uso real que las pruebas anteriores.
Más información en la propia etiqueta
El diseño también se ha rediseñado para meter más datos. Ahora la etiqueta indica si el aparato incorpora funciones Eco —programas específicos de bajo consumo— y añade otros gastos asociados, como la cantidad de agua que gasta una lavadora, un dato que no aparecía de forma tan visible.
La novedad más útil quizá sea el código QR impreso en la etiqueta. Al escanearlo con el móvil te lleva a EPREL, la base de datos europea de productos relacionados con la energía, donde puedes consultar la ficha técnica completa y los datos detallados del modelo. Es una forma de comprobar en la propia tienda si lo que te están contando coincide con lo registrado oficialmente.
Qué implica al comprar
A corto plazo, el cambio obliga a reaprender: la mayoría de electrodomésticos que hay hoy a la venta no alcanzan la clase A, reservada a los fabricantes que implementan las tecnologías de ahorro más avanzadas. A largo plazo, la ventaja es evidente: cuando veas una A sabrás que estás ante un aparato realmente puntero en consumo, sin necesidad de contar símbolos.
Si estás calculando cuánto puedes ahorrar en casa, conviene mirar más allá de la letra y fijarse en el consumo anual estimado en kWh, que es lo que acaba traduciéndose en euros. En esa misma línea va el debate sobre cuánta luz se ahorra al pasar a la inducción, donde el tipo de tecnología pesa tanto como la etiqueta.
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Elaborado a partir de información publicada por Omicrono · Fuente primaria: documento original