Una batería térmica de hormigón busca reciclar el calor de los centros de datos
Investigadores de Lehigh prueban un prototipo de 150 kWh que almacena calor hasta 500 °C y recupera más del 70% de la energía en un ciclo completo.

El crecimiento de la inteligencia artificial se mide en centros de datos, y los centros de datos se miden en electricidad y refrigeración. Un equipo de la Universidad de Lehigh ha presentado un prototipo de batería térmica fabricada con un material derivado del cemento capaz de almacenar 150 kWh de calor y soportar temperaturas de hasta 500 °C, según recoge Omicrono. La idea es sencilla de enunciar y difícil de ejecutar: dejar de tirar a la atmósfera el calor que generan miles de servidores y guardarlo para usarlo después.
Por qué el calor es el gran problema
Un centro de datos es, en esencia, un edificio lleno de ordenadores haciendo cálculos sin pausa. Casi toda la electricidad que consume un servidor acaba convertida en calor. Si ese calor no se extrae, los componentes se recalientan, pierden rendimiento y pueden llegar a estropearse. De ahí que la refrigeración sea una partida enorme del consumo: climatización por aire, circuitos de líquido o torres de refrigeración evaporativa, que disipan calor evaporando agua. Ese segundo consumo, el del agua, es el que más críticas vecinales y políticas está generando.
En España el debate está abierto. El Gobierno prepara una norma sobre la instalación de estas infraestructuras que las empresas del sector consideran de cumplimiento muy difícil; la patronal defiende, además, que los centros de datos españoles «prácticamente no consumen agua». En el resto de Europa la ecuación es parecida: hay que invertir para no depender de la IA estadounidense o china, pero sin disparar el precio de la luz ni romper los compromisos ambientales.
Cómo funciona la batería
El sistema combina dos piezas. La primera es el material de almacenamiento, un derivado del cemento preparado para acumular energía térmica. La segunda son unos tubos sellados llamados termosifones, que contienen un fluido: ese fluido absorbe calor, se evapora, se desplaza por el tubo y, al condensarse en la zona fría, libera la energía en el material de almacenamiento. Es un mecanismo pasivo, sin bombas, que permite mover el calor con rapidez.
Una vez cargada, la energía almacenada puede destinarse a varios usos: alimentar una máquina de refrigeración por absorción (es decir, usar calor para producir frío), abastecer procesos industriales o inyectarse en una red de calefacción urbana. También cabe convertirla de nuevo en electricidad mediante un ciclo termodinámico, aunque ahí las pérdidas son considerables.
En las pruebas realizadas, la energía recuperada tras un ciclo completo de carga y descarga supera el 70%. El prototipo admite además dos vías de carga: el calor residual de los servidores y la electricidad directa, lo que le permitiría acumular energía cuando sobra en la red.
El eslabón que faltaba: el momento y la temperatura
Reaprovechar el calor de los centros de datos no es una idea nueva. Hay instalaciones que ya ceden calor a edificios cercanos o a redes de calefacción de barrio. El problema es doble: ese calor suele salir a una temperatura demasiado baja para ser útil y, sobre todo, se genera cuando quizá nadie lo necesita. Un almacenamiento intermedio resuelve el desajuste temporal y permite elevar la calidad térmica del excedente.
El ejemplo más citado está en Finlandia. En agosto de 2026, la energética Helen anunció un acuerdo con OnZero para aprovechar el calor residual de un nuevo centro de datos en Helsinki. A plena capacidad, el proyecto podría aportar más de 500.000 MWh de calor al año, suficiente —según la compañía— para cubrir la calefacción de unos 70.000 pisos. La recuperación está prevista para 2027. Otras vías exploradas van desde los circuitos líquidos hasta sumergir los servidores en el mar, como ha ensayado China.
Qué falta por demostrar
Conviene medir las expectativas. El equipo de Lehigh ha validado la fabricación y el montaje de un prototipo y la tecnología está en proceso de licencia para su desarrollo comercial, pero la información publicada no acredita todavía un despliegue a gran escala en instalaciones en funcionamiento. Entre un ensayo de laboratorio y un centro de datos operativo hay una distancia larga: integración con la refrigeración existente, coste por kWh almacenado, espacio ocupado y mantenimiento.
Aun así, el enfoque encaja con una tendencia que va a más: tratar el calor sobrante como un recurso y no como un residuo. En un contexto en el que la digitalización responsable y sostenible gana peso en la agenda política y empresarial, soluciones de este tipo pueden marcar la diferencia entre un proyecto autorizado y uno bloqueado por el rechazo vecinal.
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Elaborado a partir de información publicada por Omicrono · Fuente primaria: documento original